LA FUENTE DE LA MIRADA PURA

La fotografía de Rita Magalhães fue, desde su inicio hace casi dos décadas, recorrida por un intenso, desmedido deseo de pintura. Como si la artista comprendiese que, desde siempre, la memoria de la pintura como tradición de producir imágenes inevitablemente habitó en la fotografía como escena primitiva. Y como si, a través de esta última, buscase constantemente volver sobre esa escena primera, fundadora, original y originaria.

En ese sentido se podría afirmar que la mirada de Rita es como la de Ulises. Es una mirada que incesantemente allí regresa, y a sí regresa, como si esa fuera la fuente verdadera de toda mirada que ha sido, es y será. Buscando reco- nocer lo que apenas se entrevió, una vez apenas, tal vez, o lo que tan sólo se imaginó y soñó verse. Lo que se abre hacia el campo de lo que deseó verse.

Esa es, también, la mirada de la pintura. Una misteriosa mirada que crea mundos, que abre, dibuja, borra o reinven- ta el propio mundo, no sólo como es sino como podría ser. Porque la pintura es ya la forma de un deseo de mundo antes incluso que una forma de representar cualquier lugar o forma habida del mundo mismo. Por eso Merleau- Ponti puede hablar de lo que falta al mundo para ser un cuadro.

Así, esta mirada de la artista va recorriendo el mundo, viendo a su alrededor, curiosa como la del niño que busca en cada cosa su signo más secreto, la puerta que se abre a unos pocos, el aviso discreto de que algo se aproxima y se divisa a lo lejos, al mismo tiempo tierno y violento, como en el entreabrir de los párpados después del sueño, pero antes de despertar. Algo que nunca se podrá captar, ya que, si fuese captado para siempre, también se perdería.

Una mirada nacida del silencio, como se espera siempre de la mirada propia de la contemplación, al mismo tiempo distraída y atenta, curiosa e indiferente, interior y exterior, una finísima película las separa. Lo que capta, entonces, no son las cosas tal y como las vemos, ni las imágenes de las cosas que nos despiertan a ellas sino en su lugar el antes y el después de que ya sean, o hayan sido. Lo que permanece en el medio y las sorprende en el camino de ser.

Una mirada así casi no se ve, pasa desapercibida. Ni cuando se proyecta, como aquí, súbitamente dilucidando otro sentido para las imágenes. Pasa silenciosa entre las cosas y apenas se posa en ellas, casi no las toca, sólo siente su presencia y la sorprende, volviéndola táctil, visible, bajo una luz dispersa que revela todo lo que esconde. Una mirada así devuelve a las cosas su misterio, no las quiere dibujadas y nítidas, o abstractas, sino más bien llenas de simbolismo y distancia, operando como agentes de metamorfosis. Transfigura.

Por eso las ciudades que ve tienen distancias, luces, polvo de oro, una bruma que disuelve los contornos de las cosas como la humedad que sube del mar o del río, y que parece transformarlas como si estuvieran bajo la luz difusa de alguna aparición. Las ciudades se funden, alucinatorias casi se derriten, sus personajes son líquidos y las atraviesan como si perdieran en ellas la forma de la entereza. Y la propia luz es un manto que se extiende bajo la mirada. No hay contornos sino colores, manchas, sordas reverberaciones de luz y de atmósfera bajo un enigmático prisma. Los propios colores se diluyen unos en otros, como en la pintura de Ensor o de Hammershoi y de António Carneiro, que quiso ver en la dilución el camino más abierto que la luz exige para entrar en la pintura y devorarla en llamas.

Después de las series que dedicó a Vermeer o Caravaggio, Ingres o Délacroix, no sorprende ahora que la artista desee sumergirse en esos abismos simbolistas adonde la arrastra su temperamento soñador de pintora que pinta a través de la fotografía. Y que la entiende como una continuidad natural, aunque mecánica, de esa tradición de mi- radas que quizá nació en el mito griego de aquella joven que dibujó, sobre la sombra del amado que partía a la guerra, su retrato.

No interesa, pues, aquí si son ciudades, transportes de imágenes captadas en algún exterior, sombras de muros, piedras y cielos claros, o paisajes que evocan los de Barbizon, ya que lo que fijan estas imágenes es un modo de mirar. Que se afina y va cada vez más lejos en su persecución consciente de alguna cosa a la que sólo se llega a través de la mirada. La vía estrecha y misteriosa de otra forma de relación con el mundo. Un sentimiento del mundo y del tiempo, esto es la percepción de una temporalidad distinta que persiste en las cosas como un eco, mucho después de que las recorramos con la mirada. Esta es la naturaleza misteriosa y fugaz de la mirada a la que sólo la pintura puede dar una dimensión concreta y visible. Sin la pintura jamás sabríamos de qué está hecha la mirada. Y en la era de la fotografía, Rita Magalhães pinta con sus fotografías sin ver en eso ningún problema, sino por el con- trario, porque en un plano más íntimo, que es el de la imagen, nada diferencia la pintura de la fotografía, más bien una se hace eco en la otra.

Porque la pintura nace de esa voluntad, de ese deseo de fijar no las cosas o su imagen sino tan solo la impresión de las cosas y del mundo, de los seres y de las atmósferas, el modo en que afectan a la mirada.

La pintura es una mirada, mucho más que una técnica. Es la mirada que revela. La mirada de la sibila, la mirada que regresa y a sí regresa, porque donde quiera que se pose establece una patria. La patria inesperada pero que siempre nos espera donde se aloja la fuente de la mirada pura.

Bernardo Pinto de Almeida